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miércoles · 13 mayo 2026 · Santa Cruz de Tenerife

¿El culo de Europa o colonialismo de gestión? Elijan ustedes

No sabía qué título ponerle a esta columna. Les dejo que elijan ustedes, porque los dos dicen lo mismo con distinta ropa. Uno es más académico, el otro más real. Pero los dos apuntan al mismo sitio y es el lugar que ocupa Canarias en esta geografía del poder, en ese extremo, en ese sitio donde va a parar lo que no quieren los otros.

No es una metáfora nueva, esto me ha hecho pensar un poquito -solo un poquito- de lo que ha sido  una constante histórica que, de vez en cuando, un hecho concreto – como el del Domingo- ilumina con la crudeza de una realidad que se pretende ocultar. Esta semana ha sido el barco. Ya saben a qué me refiero. El Gobierno central ha hecho lo que ha tenido a bien, pasando por encima del Gobierno autonómico y pese a los intentos de los locales de que no fuese así, pues nos lo tragamos. Como siempre.

Escuche a unos y a otros, entre ellos al presidente de Canarias, con una claridad que merece ser escuchada despacio: no se puede autorizar el fondeo de un buque de estas características sin información clara, sin coordinación suficiente y sin garantías técnicas y sanitarias transparentes. Canarias, añadió, planteó alternativas desde el primer momento. Pero el Gobierno de España siguió cambiando de criterio sin dar explicaciones. Y el buque, que no debía permanecer más de 24 horas, permaneció lo que permaneció.

El presidente de esta Canarias, tiene que recordarle al Gobierno central que la seguridad sanitaria de Tenerife y la protección de su ciudadanía deben estar por encima de cualquier improvisación. Que tiene que recordárselo. Que no es algo que venga dado, garantizado, asumido. Que hace falta decirlo expresamente. Eso, en sí mismo, es el diagnóstico completo de la relación entre Canarias y el Gobierno Central. No necesitamos añadir más.

Y que nadie malinterprete lo que aquí escribo – o si que para eso somos libres-. No se trata de que el pueblo canario, y en concreto los tinerfeños, carezcan de empatía. Todo lo contrario: la han demostrado sobradamente, una vez más, ante los ojos de todos aquellos que quieren mirar como lo hacen, con un par. Se trata de algo mucho más simple y mucho más legítimo. Se trata de sentido común. Ese que hace que nos preguntemos por qué tiene que asumir, sin información, sin coordinación y sin garantías, lo que otros no están dispuestos a hacerlo. Y no confundir, señores y señoras, que la empatía no está reñida con exigir que las cosas se hagan bien. Al contrario: es precisamente porque se es generoso por lo que duele tanto que se abuse de esa generosidad. La del pueblo canario.

Y de nuevo, no lo digo yo. Lo dice Clavijo, y esta vez con una precisión quirúrgica a la que no estoy acostumbrado, quienes hablan de insolidaridad están confundiendo la exigencia de seguridad, protocolos, información, coordinación y lealtad institucional -que es lo que pide Canarias- con la actuación que ha tenido el Gobierno de España y que consideramos incorrecta. Dicho queda. Él lo dijo. Quien quiera entenderlo, que lo entienda. Quien prefiera seguir hablando de insolidaridad, que explique primero qué entiende él o ella por lealtad institucional,

Permítanme un pequeño ejercicio histórico, que lo suelo hacer en mis reflexiones. En tiempos de Napoleón, se llamó “afrancesados” a aquellos españoles que colaboraban con el invasor, que encontraban en el poder extranjero -o en el poder lejano- virtudes que no reconocían en lo propio. No eran necesariamente traidores por convicción; eran, muchos de ellos, personas razonables que habían decidido que lo más inteligente era ponerse del lado del que mandaba.

Cada época tiene sus afrancesados. Los de ahora se llaman de otra manera -digamos, genéricamente, los sancheados, término que el lector sabrá completar sin necesidad de que yo lo precise- y también encuentran virtudes en el poder lejano que no reconocen en lo cercano. Son los que explican, con paciencia pedagógica, por qué lo que acaba de hacernos el Gobierno central es, en realidad, lo mejor que podía pasarnos. Son los que descubren, en cada imposición, una oportunidad. En cada silencio autonómico, una prueba de madurez institucional y aprovechan para llamarnos insolidarios. Tienen respuesta para todo. Menos para la pregunta que importa.

La pregunta es esta: ¿para qué nos sirven los lazos con el imperio?

No lo digo en sentido retórico. Lo digo en sentido estrictamente práctico, que es el único que debería importar a quienes habitamos estas islas. Si el vínculo con el Estado central se traduce, sistemáticamente, en que aquí llega lo que no quieren allá, en que nuestro territorio se usa como variable de ajuste, en que nuestro Gobierno autonómico es informado -cuando se le informa- y cuando les apetece. Donde está el respeto institucional.

El barco, mientras escribo esta repostando. Todavía no sabemos exactamente qué va a pasar, de esta nueva serie de eso que llamo Lo que el archipiélago se tragó está por ver.  No hay que ser alarmista, que seguramente no pase nada.

Y se ha movilizado todo y a todos y mientras tanto, la sanidad. Permítanme un ejemplo concreto, de los que no salen en los discursos inaugurales pero que cualquier canario reconoce de inmediato. Un residente de toda la vida en estas islas espera dos años para que le hagan las pruebas que su médico lleva meses reclamando. No para saber si tiene algo grave: para empezar a descartarlo. Para que el sistema le diga, al menos, por dónde seguir buscando.

Ahora bien: cuando llega alguien de fuera -da igual el origen, da igual la situación, porque no se trata de eso- la respuesta del sistema es otra. Es inmediata. Es eficaz. Es, curiosamente, la sanidad que debería existir para todos y que existe, en la práctica, solo para algunos.

No lo digo para enfrentar a nadie. Lo digo porque alguien tendrá que explicarle a la población canaria cómo se sostiene esa paradoja. Cómo se le vende a una persona que lleva décadas cotizando en estas islas que el sistema no llega para él, pero sí llega para otros. Con qué argumento. Con qué cara. Hasta ahora, nadie ha encontrado la respuesta. Lo que han encontrado es silencio administrativo.

Valga decir también, y no es un detalle menor, que todo esto ocurre mientras una parte de esta sociedad canaria da lo mejor de sí misma. El equipo civil y militar que ha atendido ese desembarco -porque desembarco es, llámese como se llame- ha demostrado una profesionalidad, un coraje y una disposición que merecen reconocimiento explícito. No el reconocimiento tibio de un político de redes. A ellos, mi respeto sin reservas.

En cualquier caso, todos los que estaban en ese barco ya están en España, en Europa, ya están en sus casas, en sus países de origen. Bienvenidos. Y dicho esto, estoy convencido de que este episodio quedará, como tantos otros, en un dato más. Otro dato de cómo se gestiona un problema en esta   comunidad que tiende la mano sin miramientos. Canarias. Siempre Canarias. A ver si la memoria, con el tiempo, funciona. Que hasta ahora no ha dado muchas señales de ello.

Lo que sí podemos decir, sin esperar a ningún dato adicional, es que el método tiene nombre. Se llama colonialismo de gestión. Basta con que en este  territorio periférico aprendamos que las decisiones que nos afectan se toman en otro sitio, por otras personas, con otros intereses, y que nuestra función es aceptar y aplaudir al emperador.  Y es que en Canarias llevamos demasiado tiempo en esa función. Y lo preocupante no es que el Gobierno central actúe como actúa -los imperios hacen lo que hacen, eso no es ninguna novedad desde Tucídides hasta hoy- sino que haya aquí, entre nosotros, quienes se afanan en justificarlo.

Esos son los que me preocupan. Los de fuera son predecibles. Los de dentro, no.

Antonio Inurria

Sobre el autor

Antonio Inurria

Jurista y director de El Burgado. Coordina la línea editorial, los proyectos audiovisuales, las relaciones institucionales y la estrategia de crecimiento del medio. Su trabajo se centra en construir un periódico digital canario con identidad propia, mirada crítica y conexión entre la actualidad local, la empresa, la cultura y la vida pública de las islas.

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Jurista y director de El Burgado. Coordina la línea editorial, los proyectos audiovisuales, las relaciones institucionales y la estrategia de crecimiento del medio. Su trabajo se centra en construir un periódico digital canario con identidad propia, mirada crítica y conexión entre la actualidad local, la empresa, la cultura y la vida pública de las islas.

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