Los datos macroeconómicos de Canarias brillan en los informes de Madrid. Récord de turistas, récord de PIB, récord de pernoctaciones. Y sin embargo, en los supermercados, en las gasolineras, en las inmobiliarias, los canarios sienten que su poder adquisitivo se ha reducido a la mitad en una generación.
Esta paradoja no es un accidente estadístico. Es la consecuencia de un modelo económico diseñado para exportar beneficios y retener costes. Aquí el trabajador paga el IPC del continente pero cobra el sueldo de una isla periférica.
Hablar de prosperidad en Canarias sin hablar de distribución no es análisis: es propaganda. Los números crecen. La gente, no.