Hay algo paradójico en cómo los canarios hablan de su tierra. La definen con orgullo cuando están fuera, pero la describen con desdén cuando están dentro. He vivido en cuatro países europeos y en ninguno he visto una relación tan ambivalente entre un pueblo y su propio territorio.
Esta tensión tiene raíces históricas: la insularidad como condena, la lejanía de Madrid como abandono, la mirada hacia el continente como aspiración. Pero tiene también consecuencias culturales que merecen análisis. Un pueblo que no se reconoce en su propia historia tiene dificultades para construir su propio futuro.
Canarias necesita menos complejo de periferia y más conciencia de singularidad. No como autocomplacencia sino como punto de partida para exigir lo que se merece.